Mi hija empezó vendiendo pulseras… hoy tiene una marca.

Mi hija empezó vendiendo pulseras… hoy tiene una marca.

Tenía 16 años cuando la vi por primera vez sentarse en el comedor con un ovillo de hilo y una idea loca: hacer pulseras personalizadas para vender en su colegio. No pedía mucho. Solo una cosa: que la dejara intentarlo. Lo demás, lo traía puesto. Tenía ganas, creatividad, y una seguridad que yo a su edad ni soñaba.

“Papá, ¿me ayudas a tomarle fotos a estas cinco para subirlas al Instagram?”. Así comenzó todo.

Y sin darme cuenta, terminé metido en algo más grande que unas cuantas entregas en bicicleta: terminé siendo testigo del nacimiento de una emprendedora. De una mujer.


Las primeras ventas fueron entre sus amigas. Luego llegaron las primas, las vecinas, y una profesora que le pidió una para regalar. Yo era su mensajero, su asistente de fotografía, su asesor de precios, y cuando las cosas se ponían difíciles… su fan número uno.

Vi cómo se le iluminaban los ojos cuando una clienta le escribía que le encantó la pulsera. Vi cómo se quedaba hasta tarde organizando pedidos mientras oía música. Y también vi cuando se le partía el corazón porque una clienta le canceló a última hora. Ese día no le dije mucho. Solo me senté a su lado, como ella se sentaba al mío cuando leía el periódico. Y le llevé chocolate.


Con el tiempo, aprendió a manejar redes, a crear su página web, a usar métodos de pago, a entender costos y a dejar de regalar su trabajo. Pero lo más valioso que ganó no fueron pesos, likes ni seguidores.

Ganó confianza. Voz propia. Capacidad para defender sus ideas.

Hoy, cuando la escucho hablar con proveedores o explicarle a una amiga cómo abrir una tienda online, pienso en todo lo que ha crecido. Y no porque alguien más la impulsó. No. Porque alguien la acompañó. Porque supo que no estaba sola. Porque cada vez que dudó, hubo una voz —la mía— que le dijo: “inténtalo, que para caer también hay que volar”.


Hay padres que sueñan con ver a sus hijos en una oficina elegante. Yo descubrí que no hay nada más hermoso que ver a tu hija brillar con su propio negocio, con su propio estilo, a su manera.

Y si me toca seguir siendo su repartidor, su fotógrafo o el que le compre los primeros insumos… pues lo haré. Porque apoyar a nuestros hijos no es decirles qué hacer, es creer con ellos mientras lo hacen.

En Kataplan sabemos que muchas adolescentes están creando negocios increíbles desde sus casas. Y que, cuando hay un papá o una mamá detrás, el camino es más firme. Por eso nos dedicamos a darles las herramientas: tiendas virtuales, posicionamiento en redes, pasarelas de pago… todo lo que necesitan para despegar.

📲 ¿Tienes una hija con una idea y no sabes por dónde empezar? Escríbenos y hablemos por WhatsApp. Ayudarla a crecer, también es parte de ser papá.